Niños cobayas

“Los ángeles son los que levantan nuestros pies de la tierra, cuando nuestras alas han olvidado cómo volar”. Tales ángeles suelen ser personas que rodean nuestros pasos, invisibles a la mirada, pero que, de pronto, se sienten muy dentro del corazón. Son como el estudiante que, sorprendentemente, inicia un descenso en sus calificaciones, se vuelve huraño, solitario, incluso agresivo con sus compañeros. El profesor, ante su conducta, lo arrincona, lo margina durante algún tiempo, hasta que, preocupado, repasa su historial, y se da cuenta que aquel mal estudiante, cursos atrás no era tal, sino que sus calificaciones eran más bien brillantes. Y sigue indagando, y descubre un acontecimiento, la muerte del padre, que es el punto de inflexión en la historia académica del alumno. Comprendiéndole, deja de marginarle, le considera como a cualquier otro compañero. Ante la próxima navidad, recibe un regalo de todos sus alumnos, y entre ellos, el de ese “especial”, envuelto en papel de periódico: una goma gastada y un bolígrafo usado. No había para más. Cuando los compañeros se ríen, el profesor les reprende, al tiempo que les hace reconsiderar, con buenas palabras, el esfuerzo del compañero. Este se siente reconocido y reemprende su andadura, comprendido y animado durante el resto de sus estudios. El final de la historia es previsible. El niño sin padre, emerge y alcanza, en su tiempo, una licenciatura. Llega el día de su boda, y quién le acompaña en tal acontecimiento es el viejo profesor que, supo estar en su lugar, e incluso ocupar el del padre desaparecido.

Ese fue el ángel que ayudó al profesor a levantar el vuelo, y éste fueron las alas que le recordaron al alumno que sabía volar. Y ambos, no tuvieron vergüenza ni de ser ángel, ni de ser alas. Y es que, a fin de cuentas, los dos ocuparon el lugar que les correspondía en la vida y en la naturaleza. Esta nunca olvida, y, muy pocas veces, perdona. En nuestra actualidad parece como si el “madre no hay más que una”, se haya contrapuesto a “padre lo puede ser cualquiera”. Los hijos, bienes a adquirir, convertidos en derechos reclamables, no se sabe muy bien por qué, se implantan en uniones de hecho con completa despreocupación del porvenir que les espera. Y en esa acción la inexistencia de padre, o de madre, no provoca preocupación alguna. El padre, el rol del padre, se supone que puede ser suplantado por cualquiera, estableciendo un paralelismo con la igualdad y con la ideología de género. Semeja como si esa igualdad, para el hombre, consistiese simplemente en saber utilizar una lavadora, planchar, hacer la compra o poner correctamente las sábanas. Es decir, la actual ideología igualitaria imperante, se establece en la implantación de una cuota de presencia femenina en todos los sectores de la vida, y en la equiparación del hombre introduciéndole en las labores domésticas. Sin embargo, para el devenir actual, el papel del padre debe reconocerse como fundamental y necesario, cual el de la madre. Una madre que no tiene ningún derecho a convivir con un “padre destronado”, como tampoco en convertir al marido en una “mujer” defectuosa. En este trance quizás sería conveniente una lectura reposada del libro de la doctora Maria Calvo, profesora en la Universidad Carlos III, “Padres destronados”.

Como también sería recomendable echar un vistazo a “Bruce, Brenda e David” de John Colapinto, que nos recuerda el inmenso fracaso del inventor de la ideología de género, el Dr. Money, con la trágica historia de los famosos “gemelos de Money”, quiénes, mientras el doctor hacía honor a su nombre, soportaron en su infancia y juventud la teoría de que “nacemos psicosexualmente modelables”. Así, nacido como Bruce, tratado y moldeado como Brenda, acabó su vida como David, mientras, el dr. Money se convertía en el gurú de la ideología de género, tratando a un bebé varón al cual, con el pene destruido por un error quirúrgico, podía trasformar en una niña. El varón cobaya, sin embargo, incapaz de superar el experimento, empero sus esfuerzos, se suicidó en 2002. Igual final tuvo su hermano David, dos años más tarde, pegándose un tiro en la cabeza. El gurú pudo comprobar su fracaso, falleció el 2006, de muerte natural. Eso sí, adorado por los seguidores de la ideología de género, feministas radicales y demás colectivos afines, e inmensamente rico.

Y mientras se rememoran tales hechos, en el Parlamento andaluz, se ha creado un nuevo término, “transfoba”, aplicado a quién no acepte que la identidad de género es una elección del individuo, del niño de 7 u 8 años. Así, si un niño, según la proposición de ley, se siente niña, podrá acudir vestida como tal, cambiarse su nombre, acudir a los baños de las niñas, ser tratada como una niña por sus compañeros y por los restantes padres y profesores y, en su tiempo, solicitar de la Junta la correspondiente intervención quirúrgica de trasformación genital. Es decir, en este caso, los niños son cobayas de los experimentos de ingeniería social de los políticos. El principal problema es que no experimentan con sus propios hijos, sino con los hijos de los demás, igual que el Doctor Money.

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