Optimistas, pesimistas y escépticos (I)

La expresión “Lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”  ha sido utilizada (y sigue siéndolo) por personajes tan dispares como Esperanza Aguirre, Antonio Gramsci y Bertolt Brecht, con la pretensión de definir (cada uno desde sus propios y distintos parámetros) su situación política, socioeconómica, cívica y cultural.

Hoy la expresión, al menos según mi parecer, sigue siendo válida para definir la profunda  crisis estructural (¡no sólo coyuntural!) que nos afecta. En mis colaboraciones en este medio, y también en otros, he intentado definir (con mayor o menor éxito) sus causas, sus características y sus consecuencias. Hoy pretendo abordar el estado de ánimo con que “algunos” (yo incluido) pretendemos hacerle frente, más allá del optimismo infantil o el pesimismo estéril.

Desde mi perspectiva de la susodicha expresión, sin negar una realidad negativa, no se deduce que las cosas tengan que ir necesariamente a peor. Pero tampoco necesariamente a mejor,  tal como piensan los optimistas antropológicos y/o los que tienen interés (gobernantes y tecnócratas) en que los ciudadanos creamos a pies juntillas que inevitablemente saldremos reforzados de la crisis.

Durante siglos las estructuras sociales se mantuvieron estables; los límites y estándares instaurados por las mismas eran inalterables y hasta cierto punto también incuestionables. La sociedad estaba compuesta por instituciones rígidas donde se valoraba lo perdurable, la unión, la tradición y la capacidad de comprometerse a largo plazo. Gran parte de las luchas del ser humano en la época reciente consistieron precisamente en intentar desquebrajar estructuras y modificar pautas que regulaban la vida social y que paulatinamente la petrificaron limitando drásticamente las posibilidades del individuo dentro de la misma. La modernidad celebró la capacidad de derretir todas las instituciones que se mantenían congeladas. El humanoide no acepta sin más un molde preexistente sino que pretende crear el suyo propio, cambiándolo las veces necesarias. La solidez, sinónimo de estancamiento, fue rebasada y el hombre se entregó al fluir indiscriminado de la modernidad, al torrente que lo desafía con su cada vez mayor velocidad.

¿Podemos afirmar con certeza que ese objetivo se ha logrado?  Si y no. Lo viejo no acaba de morir, y  lo nuevo no acaba de nacer. Vaso medio lleno, vaso medio vacío.

Continuará.

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