Otra vez don Mariano

El día que se nos vaya Rajoy del vodevil que es nuestra política nacional nos habremos quedado sin nuestra mejor vedete. El hombre está que no para, en un sin vivir en él entre tanto trajín que no se trae, tal fiel como es al tancredismo. Su última ocurrencia, el empeño que está poniendo para que en la declaración de la cumbre del sesenta aniversario de la Unión, a celebrar en Roma el 25 de marzo, se introduzca una referencia a “la obligación que tienen todos los ciudadanos” de cumplir las leyes en sus Estados. Tamaña boutade sólo se le podía ocurrir a él.

Claro está que al proponer tal cosa está pensando en los separatistas catalanes, en estado de arrebato tras la inhabilitación de Mas, y no en los más de mil imputados de su propio partido o en las 34 sentencias del Tribunal Constitucional incumplidas por su gobierno. Pero lo que me interesa aquí es llamar la atención sobre el concepto de ley que se desprende de su discurso, por otra parte muy común en los políticos que están en la pomada, esto es, institucionalizados. Nuestro presidente pasa por alto que las leyes son el resultado de la confluencia de las circunstancias históricas, culturales, sociales, políticas e incluso económicas, y las pretende declinar como inmanencia del derecho natural, particularmente la Carta Magna. Las leyes regulan las relaciones sociales e impiden que volvamos a la horda, pero al sacralizarlas nos devuelven a ella. Decía Mariano de Cavia que España es un grupo de tribus con pretensiones, y en ello estamos todavía, pero el caso de que algunas de ellas quieran marcharse de la nación no se arregla apelando tontamente a la autoridad legal de una Unión Europea que ha sido manifiestamente incapaz de dotarse a sí misma de una constitución, sino reconociendo que la única salida que tiene el Estado español es cambiar su centralismo por una estructura federal.

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