Pedro Sánchez en su laberinto

Extraño drama la de este señor, protagonista, en negativo de blanco y negro,  de algo parecido a una leyenda mitológica, en la que, al parecer, va a salir vencido no por su lógico y clásico antagonista, el feroz minotauro, sino por sus pocas luces en discernir por el camino quienes son en verdad sus aliados y quienes, sus enemigos.

Adentrarse en un intrincado y equívoco laberinto como es el de la política, con la única inspiración de un entusiasta y juvenil baño en las aguas de Narciso, es, de entrada, ir muy mal pertrechado. En ese viaje, un pausado y digerido desayuno  de la realista mala leche de Maquiavelo le hubiese sido de mayor provecho y de mejor aviso.

Desde el principio, la universal comparsa -todo bicho viviente en tablas- lo ha querido mucho, pero refrito. Pues, considera como verdadera tragedia, no ya su victoria, sino su mera existencia. Amigos y enemigos optaron siempre por un higiénico sacrificio por simples razones de Estado. Unos para mantenerse en el poder, otros para evitar un cabal descalabro. Todos implorando hados más favorables en un futuro no lejano.

Lo tiene mal afuera. La supuesta Ariadna andaluza y el consejo nacional de ancianos, lejos de facilitarle un buen ovillo de consistente hilo de ruta para encontrar la salida, le han endosado la punta del retorcido y larguísimo rabo del diablo.

Pero, peor adentro. Posee algunas llaves y las enterró en el fondo del mar, sin catar cerradura alguna. Da palos de ciego y, hasta ahora, solo ha encontrado un Lazarillo  arrimado por un escaso y turbio vino peleón.

Y ahora, asomada ya la fría y triste noche, sigue aferrado a la manta del no, sin llegar a entender cuál parte de ese no es la peor, la que da o la que recibe.

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