Periodismo, educación y lenguaje

Es muy fácil culpar a los estudiantes y decir de ellos que son unos ignorantes. Cual  presuntos e incipientes carcamales, los docentes podemos decir que «en nuestros tiempos…» y a su vez, si somos mínimamente prudentes, recordaremos que «en nuestros tiempos» ya oíamos de nuestros mayores esa misma expresión, con lo que cabe incluso remontarse a la época dorada del divino Platón en su Academia y ¡sorpresa! también él apelaba a una época dorada. Luego queda meridianamente claro que no cualquier tiempo pasado fue mejor y que hacemos lo que podemos con lo que se nos da. No obstante, esto no evita que nos sirvamos de la misma ironía que Sócrates, consintamos la risa y nos riamos con y de nuestros alumnos como espero –y me consta- que ellos hacen. Debo reconocer que las imitaciones de mi persona por su parte son excelentes. No pregunten cómo lo sé, se dice el pecado, pero no el pecador. De todas maneras en la UIB se sabe todo, ¡y miren ustedes cuánta desinformación y rumoreo hay!

El caso es que a veces aprovecho las noticias de los periódicos para impartir clase. Los ejemplos de diario son aquellos con los que podemos probar que nuestro andamiaje conceptual tiene algún sentido para hacernos cargo de nuestra circunstancia. Si un filósofo no sabe leer el periódico mal filósofo va a ser. Desconfío profundamente de los morabitos encerrados en su torre de marfil. Suelen ser locos peligrosos de los que no cabe esperar ningún provecho. La filosofía que cultivo es, pues, mundana, profundamente mundana. Así que un buen día me fui a clase pertrechado de una noticia acerca de la deficiente atención sanitaria a una inmigrante, acto que había acabado en una muerte absolutamente evitable. Pedí a mis estudiantes que leyeran la noticia y me la explicaran, lo que hicieron con un escueto «se ha muerto una inmigrante por mala atención». Pero algo me hacía sospechar que había una comprensión deficiente del texto, así que pregunté. En el mismo texto aparecían palabras tales como «facultativo», «auto judicial» o «sepsis generalizada», por citar algunas.  Les solicité que me las definieran. Y definieron, ¡vaya si definieron! ¡Más temerosos que el galeno que había enviado al otro mundo a la infeliz inmigrante! Así, un facultativo era «una persona que receta hierbas medicinales sin poder hacerlo», un auto judicial es «el coche que tiene el juzgado» y una sepsis generalizada quedó definida por un elocuente silencio que decía «no lo sé».

La pregunta no es cómo puede estudiarse Filosofía o cualquier otra disciplina con un más que deficiente uso del lenguaje que ni mucho menos es especializado, sino de uso corriente como demuestra su aparición en un texto periodístico, sino cómo puede ejercerse la democracia que supone, ante todo, un procedimiento deliberativo, un comercio de razones y, en consecuencia, una ciudadanía activa. Educar es una responsabilidad. Ya lo dije con cierta dosis de ironía «profesor es cualquiera» y como lo es cualquiera nos encontramos con que los principales responsables de que esto ocurra somos nosotros. Por mucho que nos quejemos de la política educativa, de las deficiencias salariales o del desprestigio de la profesión –todas ellas acusaciones muy legítimas- mala solución encontraremos en una hiper-burocratización del quehacer docente. Lo que necesita el mundo educativo no son más leyes, sino una vocación clara y definida que vaya acompañada de una ética profesional. De ahí que la deontología profesional del docente no pueda obviarse ni por un momento. Mis alumnos no son más responsables de su ignorancia que todo el colectivo docente que les ha conducido a segundo de carrera tras una serie de filtros propiciados por las sucesivas leyes de calidad educativa. Tampoco son inocentes, son responsables de su mayoría de edad intelectual y de sus ansias de ilustrarse que deberán ser colmadas por el cuerpo docente sin lugar a dudas. El lenguaje es el medio en el que somos y nos movemos, la competencia lingüística no entiende de facultades, de leer y escribir nadie se libra, por lo tanto, es obvio que con un paupérrimo manejo del mismo no obtendremos sino una ciudadanía más deficiente y maleable. Para ser ciudadano hay que saber leer y escribir, no sólo deletrear. ¿Y para ser simplemente persona, acaso no hay que hablar?

2 comentaris a “Periodismo, educación y lenguaje

  1. Espléndido artículo Andrés. Me lo archivo por si alguna vez he de contestar a alguno de esos morabitos, que con tanto tino citas.
    Un gran abrazo,

  2. Estimat professor Jaume,
    Me pareix molt pertinent tot allò que diu aquí. Crec que és fonamental la reivindicación d’una ètica ben definida dins les nostres aules, però jo m’atreviria a dir que això no és ni de lluny suficient! Hem de ser realistes: falta una normativa ètica “de mínims” sancionada en bloc pel mateix col·lectiu de docents o, al manco, pels seus representants legítims, una difussió ampla d’aquesta normativa i sobretot una formació constant dins els seus principis, tant pels professors com pels estudiants. Sobre això vaig parlar molt i moltes vegades amb els meus companys, però clar, tots sabem ben bé que a la nostra estimada terra la política educativa és més “política” que “educativa”, governi qui governi! Potser que més que una política educativa ens fa falta una educació política!
    Moltes gràcies pel seu article.
    Salut!
    Tolo

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