Placer azul (y algún desencuentro)

Más allá del tópico, las islas griegas son siempre un destino plácido y sugerente, un lugar donde parece que el tiempo se detiene y en el que la naturaleza se muestra en su máxima y esplendorosa desnudez. Si encima se tiene la suerte, o más bien el privilegio, de poder realizar ese periplo en un velero, la aventura adquiere tintes de mágica epopeya. La belleza surge de repente en cualquier parte, en los más insospechados rincones de una geografía a caballo entre la realidad y el mito. Ese es el periplo que tuvimos la suerte de compartir 14 amigos hace un par de semanas. Nuestro destino: las inmediaciones de la península sagrada de Athos, el centro espiritual de los cristianos ortodoxos de todo el planeta. Y, de paso, algunas de las más bonitas gemas del archipiélago de las Espóradas, a las que me referiré especialmente en ese relato.

Partimos de la localidad de Volos en un domingo por la mañana con el mar algo embravecido, pero lo suficientemente generoso como para permitir el despliegue de velas y navegar así durante buena parte del día hasta la hermosa isla de Skópelos, en cuyo pequeño y recogido puerto amarramos a la hora del crepúsculo. Calles blancas y empinadas, pasadizos estrechos, tiendas y talleres de artesanía, las típicas tabernas en primera línea… Poco bullicio aún, aunque el ambiente ya presagia la llegada de un verano que se prevé cálido e intenso, como sucede en la mayoría de las islas del área más septentrional del Mar Egeo. Pernoctamos en un reparador sueño para dirigirnos al día siguiente a nuestro teórico destino: la península de Athos, 336 km2 de espiritualidad y recogimiento accesibles únicamente por mar, previa tramitación de un permiso especial en Salónica. A pesar de todo, las vistas –espectaculares– permiten distinguir con claridad algunos de los imponentes monasterios que salpican la ladera de la montaña que da nombre a la región, el monte Athos, cuya cima está aún cubierta con las últimas nieves del invierno. Todo muy idílico si no fuera porque –agárrense fuerte– no se permite el acceso a las mujeres en toda el área, hasta el punto de que, si para una embarcación compuesta por hombres la distancia “de seguridad” hasta la costa es de 500 metros, en caso de que haya mujeres a bordo esa distancia deviene en dos millas…

El tramo final de nuestra singladura nos deparó una agradabilísima sorpresa: la pequeña isla de Alónnisos, que recorrimos en motocicletas alquiladas a un módico precio, como la mayoría de los servicios que se ofrecen en esta Grecia azotada por la crisis pero que conserva aún intacta buena parte del tarro de sus esencias. A través de una de sus escasas carreteras alcanzamos el bello paraje de Steni Vala, un lugar que recuerda lo que en su momento fueron algunas de las calas más emblemáticas de la Mallorca pre-turística: aguas cristalinas, tamarindos que besan la orilla, gente amable y hospitalaria… Disfrutamos hasta de unas clases gratuitas de Sirtaki, el baile que en su día inmortalizó Anthony Quinn en la célebre película Zorba el griego. En este sentido cabe reseñar que raro es el establecimiento que no amenice su entorno con música del país, ya sea de raíz tradicional o tamizada a través de las nuevas tendencias al uso. Ya al atardecer disfrutamos de unas cervezas en uno de los miradores ubicados en la ciudad vieja, ubicada sobre una loma desde la que se puede observar buena parte de la isla.

Tal vez este poema, que escribí a modo de compendio de vivencias y sensaciones, pueda dar una idea aproximada del placer que experimentamos durante esta singular y bella travesía:

Escrit a Alónnisos

Érem catorze, i obeíem al nom
de Miquel, Lluís, Toni, Rafel, Xavier,
Miquel, Lluís, Sigfrid, Joan, Malon,
Miquel, Jaume, Miquel i Miquel Àngel.

Catorze eren les motocicletes
amb què recorreguérem les sinuoses
i verdes artèries d’Alónnisos,
entre un eixam d’oliveres i l’esclat
d’una mar lluminosa i resplendent.

Catorze eren els noms, i catorze també
les voluntats d’estimar-nos més enllà
d’idees i prejudicis, conscients del tresor
de la diferència. Catorze, si fa no fa,
eren les pedres que llançàrem
sobre el mirall d’una mar horabaixenca
i que rebotaren sobre la blava superfície
de la nostra infància; catorze les passes
projectades sobre la ciutat vella,
les converses al mirador magnífic,
amarades d’un francès bell
i sensualment femení.

Catorze els feliços retorn a port,
catorze els sopars, els somriures, les confidències
ran del moll de l’estima i la memòria.
Algunes més de catorze foren les copes
en un solitari bar del moll, la bauxa, els sons,
els mesurats excessos. Catorze són els anhels,
la voluntat de repetir, el desig de tornar
a compartir ben aviat abrils, vents,
estibes, rumbs, velams, illes…

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