Presente y futuro de la izquierda europea (I)

Condenados a reinventarse. Los partidos progresistas europeos navegan entre dos aguas: la socialdemocracia, sumergida en un mar tomentoso y carente de liderazgos y de programas atractivos, y sus emergentes rivales izquierdistas, con serias dificultades para construir un discurso claro y coherente más allá de la “indignación”.

A pesar de que casi una década después de la mayor crisis financiera desde el Crash de 1929, la virulencia de los excesos del capitalismo desordenado de los mercados previa a la quiebra de Lehman Brothers, y las posteriores políticas de austeridad que trataron de cerrar la hemorragia -sobre todo, en Europa- se haya saldado con la práctica eliminación de la clase media y una masiva destrucción de empleo entre las denominadas economías industrializadas.

El caldo de cultivo para la irrupción de la izquierda, pues, parecía haber entrado en estado de ebullición. En el punto idóneo en el que debían asestar el golpe definitivo a los partidos del otro lado del espectro político, proclives tanto a los recortes sociales de calado como a la defensa a ultranza del neoliberalismo de mercado.

La socialdemocracia no ha sabido ofrecer respuestas a la desigualdad. Y la profusión de movimientos políticos y sociales a su izquierda tampoco han sido hasta ahora capaces de acumular el músculo necesario para hacer frente a las posiciones nacionalistas de ultraderecha que, en cambio, han sabido asumir parte del ideario progresista en asuntos como el reparto de las ayudas sociales. Eso sí, a costa de enarbolar la bandera del combate contra el inmigrante y de reducir los recursos por razones étnicas y de nacionalidad. En especial, tras un ejercicio, el pasado, en el que arraigaron mensajes neoliberales de crítica a la falta de recetas socialdemócratas ante la crisis, en el que los partidos de ultraderecha han cerrado filas y elevado sus respaldos sociales y en el que han emergido fenómenos como el Brexit o la era Trump en las latitudes tradicionalmente más próximas a la UE.

La izquierda tradicional, la socialdemócrata, afronta estos retos bajo mínimos. Sólo nueve países de la UE (Francia, Italia, Malta, Eslovaquia, Portugal, República Checa, Malta, Croacia y Suecia) presentan gobiernos progresistas. La mayoría, con coaliciones. En conjunto, apenas representan al 32,5% de los ciudadanos de la Unión. Lejos del 45% de 2007, en los prolegómenos de la crisis. Y a una distancia sideral de su Edad de Oro, la doble década de los ochenta y noventa del siglo pasado, cuando en Europa arreciaron los grandes proyectos europeos.

Las convocatorias electorales europeas de 2017 dejarán un diagnóstico más nítido.

Primeras elecciones: Holanda, la ultraderecha, euroescéptica, racista….no ha ganado. Ha ocupado el segundo lugar, habiendo aumentado sus votos. Ha ganado la derecha liberal. Y ha perdido. De 38 escaños a 6, el partido socialdemócrata que había formado gobierno de coalición con la derecha liberal, y por tanto corresponsable de los brutales recortes a derechos y servicios públicos. ¿Habremos aprendido la lección?

Las próximas elecciones Francia y Alemania. Continuará.

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