Proverbios 31, 1-9

Tal vez habrá algunos lectores no estarán muy familiarizados en el manejo de la Biblia. Es como una biblioteca con diversos libros, de variados estilos, de múltiples géneros y tendencias. Está dividida en dos grandes bloques que los cristianos llamamos Antiguo y Nuevo Testamento.

La cabecera de este artículo nos remite al Antiguo Testamento y más concretamente al libro de los Proverbios en su capítulo 31 y a sus versículos del 1 al 9. El libro de los Proverbios forma parte de los libros sapienciales (que son los que nos presentan de una manera explícita y recopilada, aunque no exhaustiva) la sabiduría antigua del pueblo judío y también, tangencialmente, la de su entorno.

Cuando en su momento leí este pasaje, que más adelante transcribiré, me dio que pensar porque en aquellos días se hablaba de un personaje público (omito si era jefe de estado o de gobierno, presidente o ministro, senador o diputado…por no ofender a nadie).

Deseé que todos los gobernantes y políticos españoles, y de todas las autonomías presentes y futuras, tuvieran una madre como la de Lemuel que les instruyeran con tan sabios consejos. Que pueden servir tanto para ellos como para ellas, haciendo las correspondientes modificaciones o retoques, pero sin desvirtuar el contenido. Y que los llevaran a la práctica desde sus diversas responsabilidades, tanto ellas como ellos.

Las madres y los padres suelen dar siempre muy buenos consejos, aunque el libre albedrío y la sensatez o insensatez de los hijos los tengan o dejen de tener en cuenta. Opino que la madre de Lemuel fue muy sensata y sabia. Desconozco si su hijo los siguió o no. Tanto Lemuel como su madre no eran judíos, según dicen los sesudos y expertos comentaristas. Aquí está la transcripción que aparece en la Biblia del Peregrino (EGA-MENSAJERO):

“Máximasde Lemel, rey de Masá, que le enseñó su madre. / ¿Qué es eso, hijo mío? / ¿Qué es eso, hijo de mis entrañas? / ¿Qué es eso, hijo de mis votos? / No gastes tu fuerza con mujeres / ni tu vigor con las que corrompen a reyes. / No es de reyes darse al vino / ni de gobernantes darse al licor, / porque beben y olvidan la ley / y pervierten el derecho de los desgraciados. / Dad el licor al vagabundo / y el vino al afligido; / que beba y olvide su miseria, / que no se acuerde de sus penas. / Abre tu boca al favor del mudo, / en defensa del desventurado; / abre tu boca y da sentencia justa / defendiendo al pobre y al desgraciado.”

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