Puppetry Day

EEUU, aunque decadente star-system del sistema-mundo en que vivimos, tiene todavía los arrechos suficientes para endosar –cobrando entrada- a la mayoría de los mass-media del globo terrestre, el bochornoso y obsceno espectáculo de sus contiendas electorales.

Clinton vs. Trump. La vieja y la bestia. King Kong y Wall Street.  Ustedes escojan el título. Porque lamentablemente de eso van los miserables guiones de los muy trabajados debates televisivos. Llevamos ya dos capítulos, de los tres programados, y si alguien ha podido vislumbrar un mínimo indicio de reflexión o un simple planteamiento de lo que cada uno de ellos pretende, se puede dar con un canto en los dientes.

Parece mentira que, con lo puritanos que son los estadounidenses, hayan convertido esta pasarela política en una vulgar refriega para ver quién consigue arrebatar  la hoja de parra al otro, para dejarlo públicamente con el culo al aire y a cielo abierto su vergonzosa entrepierna.

Aunque ya sospechamos que la verdadera historia no va de eso y que lo que vemos es el clásico tabladillo de marionetas que con vulgar lenguaje y con tópicos garrotazos arranca a los villanos de la plaza un burdo y catártico relajamiento, además de barrer con alguno de los pocos cobres de su bolsillo.

Tras las cortinillas del retablo están en realidad quienes hablan y mueven los hilos persiguiendo los ocultos intereses que ocultan. Y al parecer los dados están echados y hay un Trump que rechazan y no es precisamente el que enseñan. El perdonavidas, el bravucón de pelo colorado, el machista soez, el vendedor de crece pelo y buhonero timador es algo típico en el capitalismo de casino, un género muy adictivo y típicamente estadounidense en situaciones de frontera.

El Donald Trump que no perdonan es el que hurga en el verdadero basural de la historia de EEUU al afirmar que ya de ningún modo es el más  grande, de ser el único que destaca con un número cada vez mayor de estadounidenses, sobre todo blancos, que su país está en decadencia y que su grandeza es cosa del pasado. Es evidente que está preparado para lanzarse literalmente contra la Casa Blanca, como un suicida,  dispuesto a aprovechar el derrumbe del tejado, aunque este le caiga encima. El creso magnate, self-made man, representa los intereses de una fracción capitalista chovinista que no se beneficia directamente de la globalización. Desean que su país sea más poderoso que nunca pero exigen que este desarrollo se haga a menor precio y se apoye en la reindustrialización del país.

La alternativa, Hillary Clinton,  es sin embargo, quien encarna la verdadera pretensión narcisista de dominar el mundo y acaparar todos sus recursos. El complejo militar industrial, las finanzas neoyorquinas y el lobby sionista están de todo corazón con la Clinton.

Trump está contra el Tratado (TTIP), Clinton quiere que se mantenga. Trump critica la expansión de la OTAN, Clinton quiere proseguirla. Trump quiere poner límites a la globalización y proteger la economía nacional. Clinton quiere acelerar la globalización al abrigo de un aparato militar demencial. Una quiere prolongar a cualquier precio el «caos constructivo», el otro pretende que la pax americana es más beneficiosa para el negocio.

La contienda es a calzón quitado, pero en el fondo, se trata de pastel de manzana o pizza italoamericana. De imperio-mundo o economía-mundo. Se vota en noviembre pero, entre bambalinas, la mano que mece el país ya ha elegido.

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