¡Que vienen los moros!

Apenas hace una semana tuvo lugar un acalorado debate entre el Dr. Román Piña y el periodista José Jaume. El tema no era poca cosa, y no es de extrañar que levantara pasiones, no sólo entre los dos ponentes, sino entre asistentes como un Norberto Alcover beligerante o un más plácido Sebastián Urbina. La religión, ya se sabe, enciende las pasiones y, si lo que se discute es sobre las raíces cristianas de Europa, no resulta raro que el debate sea eso: debate, polémica o logomaquia. Sin embargo un debate no es un concilio, no se sanciona dogma de fe alguno y, por el contrario, las palabras de unos y otros dan lugar a nuevos problemas o quizás no tan nuevos. Si antaño se hablaba del turco ahora el tópico que asoma es, cual invasiones bárbaras, la amenaza del islam. Y he ahí que indefectiblemente nos viene a la cabeza las tesis –otrora defenestradas- de Francis Fukuyama. La cuestión es si la amenaza islamista es tal o, por el contrario, es otro fantasma más que recorre Europa.

Uno de los argumentos que asomaron tenía resonancias valentinianas: Europa, bastión de la civilización, resiste frente a los embates de hordas bárbaras. Ademán de un sentimiento de fin de los tiempos acusado por la fertilidad de las familias musulmanas en el territorio de los abanderados del laicismo. Sin embargo no hay que olvidar que la inmigración es el muro de contención que evita que nuestra pirámide poblacional envejezca todavía más. Pero, ¿a cambio de qué? ¿Cómo queda la vida espiritual europea con ese trasiego genético? Estamos frente una amenaza oriental. El «lobo solitario» terrorismo islámico de la segunda década de nuestro siglo corresponde a un perfil bastante específico: hombre joven nacido en el país en el que ha atentado o que, como mínimo, tiene la nacionalidad de dicho lugar. Con lo que la tesis de la invasión cae por su propio peso y surge más bien la de la patología cancerosa en estado ya de metástasis. La Europa civilizada crea el caldo de cultivo óptimo para que cuaje la radicalización de ciertos individuos. A menudo, son hombres de segundas o terceras generaciones que se convierten al Islam como medio de reivindicación individual, alegando una religión-identidad que ni tan siquiera profesaban sus abuelos en África. El problema es, pues, un problema identitario, bien sea compartido por nacionalismos, bien por extremismos de uno y otro color, la cuestión es ¿hasta dónde está dispuesto a llegar? La enfermedad es la misma, la sintomatología, diversa.

El 19 de Marzo ABC exhibía en su portada el titular Yo sí voy a misa, con lo que retrataba buena parte de los agentes patógenos responsables de romper el tejido social mediante políticas excluyentes, los recortes en el Estado del Bienestar y que dan alas (y subvenciones millonarias) a las formaciones de ultraderecha que si en algo destacan es en su conocida xenofobia con señas en la que la más suave es «los españoles primero». Tan nocivos los hunos como los hotros. Cuando se le niega sistemáticamente a alguien perteneciente a una minoría étnica su igual ciudadanía y, por dificultades económicas queda relegado a los vertederos de la sociedad que ya denunció en su día Bauman, ¿qué opciones le quedan? Es un caso ya descrito por la literatura sociológica desde sus inicios, es anomia, la patología social por excelencia. Como bien señaló J. Jaume en la conferencia, no podemos condenar el terrorismo islámico de una parte y luego hacer negocios con uno de los grandes patrocinadores de dicho mal, Arabia Saudí. No podemos tratar al yihadismo como el mal substantivo como si hubiera aparecido por generación espontánea.

Conocer nuestras raíces nos permite saber de dónde venimos, no obstante, nuestra realidad multicultural es un reto que es propio de finales del siglo XX. La historia, como señalara José Ortega y Gasset, no prevé el futuro, no tiene valor adivinatorio, pero sí prudencial, nos dice qué caminos no conviene transitar. La Europa que celebra su sesenta aniversario, la Europa republicana e ilustrada sobre la que merodea el modelo republicano francés ha quedado anticuada, pues no es capaz de eliminar las nuevas tensiones raciales que se dan en los barrios del extrarradio parisino. De ahí que o se apunte a una laicidad radical o no quede otra que dar buena muerte al paciente ya desahuciado.

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