Reforma constitucional contra, o nada

Si no se tratara de un montaje tan interesado como lo son ciertos minutos de silencio, resultaría patética la llamada a un consenso imposible como condición trampa para comenzar con la reforma constitucional, cosa también denominada “abrir el melón”. Por suerte para todos, parece una paradoja, los independentistas catalanes, únicos a quienes las derechas herederas no les pueden poner condiciones y que tampoco están políticamente convalecientes de ningún terrorismo derrotado que haya envenenado su causa, tienen claro lo que quieren y siguen su camino aunque en Madrid y Sevilla intenten mirar hacia otro lado.

Para empezar, conviene recordar que la Constitución del 78 se construyó contra un franquismo sin Franco que daba más miedo del que valía, como quedó demostrado el 23F, aquella acción de la que, a posteriori, las coaliciones de facto entre PSOE o PP con los pujolistas para cuando hiciera falta, consiguió destilar un bipartidismo corrupto que tantas ventajas indebidas ha proporcionado a esas tres organizaciones sobre las demás, y tantos beneficios ilegales a muchos de sus componentes. Nadie se atrevió entonces a aguar la gran fiesta del autoengaño colectivo, cuando quisimos creernos que el fracaso de Tejero fue esa gran victoria contra la dictadura que nunca se produjo. Todos nos equivocamos entonces y, por eso, muchos pensamos, a toro pasado, que durante aquellas mayorías absolutas de González se debería haber aprobado una ley que inhabilitara para la política a quienes se hubieran entregado al franquismo excepto Suarez, pero cuánto le odiaron entonces AP-PP y PSOE, siempre la hipocresía. Legalmente bien resuelto, algo así no habría significado ningún peligro y, en cambio, sí un saneamiento decisivo que hubiera evitado la degradación que sufre nuestra democracia hoy. Tantos años presumiendo de Transición ejemplar para conseguir, a la postre, que cuarenta años después los jueces no den abasto contra la corrupción rampante, mientras el gobierno les niega recursos y les acorta los plazos para provocar sobreseimientos interesados. Pero no estaba Felipe González para esas molestias, sino para confundirnos camino de la OTAN cuando ya el peligro comunista también era teatro. Nuestra democracia, joven y conseguida solo gracias a la biología y tras sufrir el blindaje que Occidente le proporcionó a Franco, hubiera sido ideal para componer una neutralidad que nos merecíamos de sobra. Ni siquiera supimos deshacernos de las bases americanas, y cuantos peligros marca “Trump” nos acechan más a nosotros, ahora, cuando hace tiempo que falleció Fraga, el de las bombas nucleares en una playa nuestra y todavía no hemos resuelto ni eso. Y, por supuesto, tendríamos uno o varios partidos de derechas, que no se preocupen los del IBEX35. Pero sus dirigentes no se burlarían de las víctimas del franquismo cuando dicen lo que sienten, entre otros comportamientos obligados por el respeto a los demás y que ayudarían a la convivencia.

Ahora que tenemos que cambiarla no he podido dejar de visitar la historia, pido disculpas. Hoy, una nueva Constitución contra Podemos es la opción que más posibilidades tiene con los números en la mano, facilitada por los errores de libro cometidos tras el 20D 2015 por los de Iglesias, nadie que reflexione un poco puede pensar que no vengan de esa oportunidad perdida sus problemas de liderazgo. No obstante, esto ocurrirá siempre que a los de Rivera, que no conseguirán una Ley Electoral a favor de la equidad, se les ofrezcan mieles de  gobierno como paso intermedio para terminar fusionados con un PP que podría hasta cambiar de nombre y parecer así un partido nuevo, me juego lo mismo que a la lotería que diré después a que esto será lo que termine ocurriendo, qué menos en tiempos tan confusos. Si la coalición del miedo contra Podemos se atreve, a pesar de que los de Iglesias podrían forzar un referéndum que perderían en cualquier caso, quizás se recompondría para otras dos décadas una política  basada en mayorías de ficción siempre inestables. Pero con ello, los tres implicados sí que intentarán recomponer de nuevo el sistema atado y bien atado con la misma monarquía. Lo harán a pesar de que saben que muchos, para no perder su dignidad, seguirán diciendo a los nietos de sus nietos que a los borbones los puso el peor asesino de la historia de España, para conseguir que esta “patria” nunca pudiera estar orgullosa de haber sido capaz de conquistar su libertad. Seguiremos.

En cualquier caso, tal confluencia reformista contra Podemos tiene un pero. Para sorpresa de todos se llama Sánchez, un error cometido por los poderes ocultos en verano de 2014. Quizás se las prometía felices y las urnas lo convirtieron, sin querer, en el único peligro real para la reconstrucción del entramado bipartito, pero lo cierto es que tuvieron que sacarlo a la fuerza de ese “trabajo”. No hay que descartar los imponderables que se deriven de Pedro Correcaminos y los suyos. A favor de esa reconquista circula incluso la lotería de Navidad a la que me refería, y que está teniendo buena acogida, quizás por si un bombo justiciero decidiera compensar en diciembre el aciago octubre que le tocó vivir al ex, una vez de cada mil toca ganar a los perdedores. Sería de risa que Sánchez se convirtiera, a la postre, en el factor que aportara eficacia política al lío formado por Iglesias, Errejón, anti-capitalistas, Garzón, Mareas y etcéteras… mediante la construcción de una tendencia lo suficiente, dentro del PSOE, como para hacer de puente virtual y hablar de tú a tú con los golpistas de Susana, que no se atreve a convocar el congreso porque no está segura de controlar sus consecuencias, y esta no es de las que se presentan para perder, aunque ganara pírrica.

Una reforma constitucional contra la independencia de Catalunya es también el deseo inconfesable de esa misma mayoría, con un Podemos empantanado porque tampoco puede proclamarse a favor de tal escenario. Esta opción parece inútil, pues es más que probable que los de PDC + ERC + CUP y sus varios millones de catalanes podrían haber alcanzado ya el nivel de limpiarse los excrementos con cualquier papel que se elabore a orillas del Manzanares, y con mayor satisfacción en estas fechas, en las que su conocido “caganer” protagonizará las portadas navideñas. Y si no, que alguien explique como se traduce que si Rajoy envía en tropel los ministros a Barcelona Puigdemont conteste convocando una reunión para lo del referéndum antes de Nochebuena. Se larguen o no los catalanes, todos lo vamos a pasar estupendamente.

Por último, y por mucho que sea lo deseable para los únicos que se jugaron vida y hacienda en la lucha contra el franquismo, resulta inimaginable una reforma constitucional contra un PP disfrutando del gobierno, salvo que se produzca una confluencia planetaria de esas que imaginaba despierta aquella Leire Pajín en pleno éxtasis “Zeta Pero”.

Mientras escribo, Tele 5 proyecta “El padre de Caín”, una serie sobre los tiempos más duros del terrorismo etarra. Después, intervenciones de víctimas y de periodistas de postín. También políticos como Madina y Anasagasti. Todo lo que se diga contra ETA es poco, y no se han cortado un pelo los invitados, pero que diferencia tan grande en la manera que se habla de los criminales cuando son los que pierden la guerra, o cuando son los que la ganan. Sorprendente Amedo, el de los GAL, reconociendo aquel delito organizado desde las cloacas del felipismo. Por no haber depurado, añado yo, unos cuerpos de policía franquista que no habían sufrido en sus carnes los socialistas porque no dieron la cara. Un montaje denunciado a conveniencia por el mismo PP que hoy defiende las intrigas de Fernández Díaz contra Catalunya, donde nadie está matando a nadie. Amedo, decía, arrepintiéndose en público de haber participado en los GAL y elevando la voz para dejar constancia él, el único entre todos los que están hablando, de que el terrorismo de Estado fue igual de criminal que el de los etarras. Siempre hay quien, por el motivo que sea, rompe la baraja marcada.

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