Réquiem por el pequeño comercio

Pocas cosas no cambian con el tiempo, pero si por el contrario lo hacen es tan dócil y lenta su transformación que apenas nos alcanza a herirnos. Buen ejemplo de ello es el local donde sigue radicando la autoescuela en la que me preparé para aprobar el permiso de conducción. De eso hace ya casi ocho lustros, y aun así hasta el eslogan con el que se publicitaban entonces sigue hoy siendo el mismo. Para qué diablos cambiar, se debe estar preguntando su propietario a diario, si el volumen de negocio se mantiene tan lucrativo como al principio e incluso aumenta; y máxime siendo testigo de cómo a su alrededor buena parte de los negocios que un día fueron boyantes hoy han cerrado sus puertas ante una crisis que ya está durando demasiado.

Un tema aparte es el caso del conocido Bar Lírico, cuyo propietario se ha visto en la obligación de echar el cierre ante la enorme presión que ejercen las grandes multinacionales para poder hacerse, así por las buenas, con las mejores ubicaciones para sus franquicias. Eso, presumo, no le sucede ni le ha sucedido al propietario de la autoescuela. Que yo sepa, nadie parece haberse interesado por su local, no al menos hasta el punto de ofrecer por él a sus legítimos dueños un alquiler prohibitivo para el pequeño y mediano empresario. Y no es que esté situado en mal sitio, sino más bien excelente diría yo: nada menos que en los aledaños del edificio de unos grandes almacenes, por los que transitan miles de personas a diario. Pero se ve que por suerte o por desgracia –nunca se sabe lo que nos deparará la diosa Fortuna- el pequeño local no interesa a ninguno de los magnates de los negocios que más dinero mueven hoy día, es decir, las prendas pret-a-porter y la comida rápida. De lo contrario, me temo que el dueño o los dueños legítimos del local habrían cerrado la operación sin contar con quiénes y a quiénes dejaban en la estacada.

Con eso no quiero decir que nos encontremos, ni por asomo, ante unos malos arrendadores. Sólo faltaría que los propietarios no pudieran hacer lo que les venga en gana con lo que es suyo. Responsabilizarles a ellos del irregular funcionamiento de la economía, no conduce más que a la crispación. Bastantes problemas tiene la sociedad de hoy día, sin necesidad ninguna de salir a buscarlos; tanto es así, que sería absurdo empecinarse en ello. La solución a tamaño dislate se encuentra más cerca de la ciudadanía de lo que ésta podría imaginar, y que es volver a comprar en los pequeños comercios, que ni cotizaban en bolsa ni se beneficiaban de ellos tantos accionistas como tienen las grandes corporaciones textiles y restauradoras, que se propusieron tomar por asalto las calles de nuestras ciudades y casi lo han conseguido.

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