Rivera, Albert

Cuentan que anda Rivera desconsolado por los pasillos del Congreso al ver que Don Mariano va diciendo digo donde dijo diego. Entre la reticencia del presidente a mover ficha en Murcia y la aún mayor de promover una comisión parlamentaria que investigue la financiación del PP, Rivera está que no vive, al borde de un arrebato que le lleve a pactar con los diablos de Unidos Podemos y los alicaídos del PSOE. A Rivera le está pasando lo que a Ditalco, Audax o Minuro, los tres ursaonenses que se cargaron a Viriato y que al ir a cobrar su recompensa al muy honorable Servilio Cepión, a la sazón procónsul de Roma, les respondió con aquello de que “Roma no paga traidores”. El episodio es pura leyenda, pero nos vale.

A este púber aspirante a marqués de Estella le falta garra, donaire y seso para hacer de su política un arte noble. Por ahora todo su hacer no le ha llevado más que al papel de monosabio, como asistente de un PP que insiste en clavarnos la pica donde más nos duela, faena que, justo es reconocerlo, está haciendo con eficacia y muy mala saña. Por poner un ejemplo, el miércoles mismo, Día internacional de la Mujer para mayor gloria, el partido en el gobierno paraba en seco la propuesta del resto de partidos de otorgar a los que han quedado huérfanos a consecuencia de la violencia doméstica la pensión de orfandad completa.

No es que uno no sueñe con una moción de censura que nos aparte de una vez por todas de ese cáliz amargo que es el partido del charrán, que no gaviota, pero no pondría muchas esperanzas en que Rivera lo posibilite.

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