Se cumple medio siglo

Se cumple medio siglo de la muerte en San Vicente de Chucurí en el departamento de Santander de Colombia de un cura guerrillero llamado Jorge Camilo Torres Restrepo, y que abrazado a un fusil del que nunca hizo uso, luchó desde la formación académica, la doctrina cristiana del catolicismo y su infatigable trabajo por hacer llegar a sus conciudadanos el enfrentamiento que en su interior mantenía contra una situación de desigualdad y pobreza.

¿Y porqué me apetece escribir ahora sobre aquel clérigo de 37 años, quien fue santo y seña de una manera de hacer saber la realidad de su pueblo? Probablemente porque en estas fechas y algunas más anteriores, el Gobierno de la República y el Ejercito de Liberación Nacional (ELN) han manifestado su voluntad de firmar un acuerdo para pacificar sus acciones terroristas. También porque Camilo Torres se representa como un icono ante la lucha igualmente desigual contra unos oídos sordos que les despertara el pabellón auditivo al son de un olor a pólvora quemada. Leer al inicio del siglo XXI los hechos acontecidos en los años 60 no sería justo si no se establecen los paralelismos suficientes que permitan archivar de forma sustancial la sucesión de unas actitudes y unos hechos. Dejémoslo para la Historia, así con mayúscula.

¿Qué pudo sucederle a aquel cofundador, profesor y catedrático de la primera Facultad de Sociología de América Latina en la Universidad Nacional de Colombia para que cambiara el verbo por la lucha armada? En el fragor de este 2016 se nos hace muy difícil que se pueda razonar el cambio. Sin embargo podría haber sido tomada al pie de la letra aquella frase de que “Dios escribe derecho con reglones torcidos”, y pretendiera así enmendar hasta el concepto.

Camilo Torres fue educado en el acomodo de una familia burguesa colombiana de tinte liberal y sus padres le llevan a Europa con apenas dos años de edad. Cinco más tarde regresa a su tierra. Ya estudiando en la Universidad Nacional de Colombia, y probablemente bajo la influencia de dos sacerdotes dominicos, el joven Camilo decide ingresar en el Seminario y seguir la carrera eclesiástica siempre bajo su firme convencimiento de que ello le llevaría a interesarse por todos los problemas sociales de su país y hacerles frente con la cruz y el fusil.

Recién despuntado 1955 regresa de nuevo a Europa y en Bélgica ingresa en la Universidad Católica de Lovaina en donde obtiene el doctorado en Sociología. Es en 1963 que bajo su presidencia se celebra el Congreso Nacional de Sociología en donde presenta el trabajo “La violencia y los cambios socio-culturales en las áreas rurales colombianas”, lo que sería la antesala de su muy próximo comportamiento. Teniendo como texto de cabecera la “Teología de la Liberación” y sin renunciar a sus creencias y convicciones se alista en el Ejercito de Liberación Nacional (ELN) como guerrillero de base y prestando también ayuda clerical a los integrantes del grupo armado a pesar de haberse apartado de toda actividad clerical por propia voluntad.

Su pensamiento lo dejó escrito… “Ver a un sacerdote mezclado en las luchas políticas y abandonando el ejercicio extremo de su sacerdocio es algo que repugna a nuestra mentalidad tradicional; sin embargo, pensemos detenidamente que pueden existir razones de amor al prójimo y de testimonio que son sacerdotales y que impulsan a este compromiso para cumplir con la propia conciencia y por lo tanto con Dios”.

Se dice que el cura guerrillero llevaba en el bolsillo derecho de su sotana una Biblia mientras que en el izquierdo acariciaba un ejemplar de “El Capital” de Karl Marx. Claro que el intento de combinar el comunismo revolucionario del alemán con los pasajes bíblicos del cristianismo pudo llegar a la creencia de que la Teología de la Liberación era un intento no vano para conciliar ambos postulados.

Difícil se lo puso en esa conciliación. Marx un ateo que en su juventud había sido un cristiano que abandonó su creencia en Dios a los 20 años y que cinco años más tarde apostillaría “”La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo despiadado, y el alma para los que están vacíos. Es el opio de los pueblos”, frente a las teorías del concepto cristiano de la vida responsabilizando a Dios de su creación. Difícil alianza entre el cristianismo bíblico y la filosofía humanística.

Sin embargo y a pesar de que el clérigo guerrillero comulgaba con la esencia de la Teología de la Liberación, se empeñaba en convencer y convencerse de que la solución a los problemas que planteaba la desigualdad entre los pueblos se mantenía en la creencia de que se trataba de misma lucha: vencer la pobreza, aunque eso solo era posible si se planteaba una mejor redistribución de la riqueza de forma que los campesinos pobres pudieran compartir el resultado final producto de su esfuerzo.

El dominico peruano Gustavo Gutiérrez padre de la Teología de la Liberación, quiso adaptar su lenguaje cristiano usando unos términos que bien pudieron ser una barrera que separa “El Capital” de “La Biblia”: “La teología es como una carta de amor a Dios, a la Iglesia y a mi pueblo. Una vez pregunté a una persona si escribiría a su esposa, al cabo de veinte años de matrimonio, la misma carta de amor que cuando eran novios. Evidentemente, no se escribiría de la misma manera, pero el amor es siempre el mismo”. En su esencia, los tiempos puede que cambien y que se adapten a épocas mucho más actuales, pero al final el cristianismo siempre tendrá vigencia a través de su Liber Magnum y El Capital requiere un adaptarse a las secuencias del siglo XXI. Probablemente así lo hubiera entendido también él si su cuerpo no hubiera quedado vencido para siempre en aquel Patio Cemento.

Aquella sentencia al abandonar los hábitos clericales creo que hoy la hubiera pronunciado de otra manera aunque solo hubiera sido por su convencimiento sobre lo que significa “revolución”, muy ligada al valor conceptual de guerrilla y violencia propia de un siglo XIX convulso…

“Tuve que despojarme de la sotana para poder ser un verdadero sacerdote; el deber de cada católico es ser revolucionario, y el deber de cada revolucionario es hacer la revolución… y el católico que no es revolucionario vive en pecado mortal”.

Jorge Camilo Torres Restrepo, 37 años de vida (1929) y 50 de su muerte (1966-2016)

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà. Els camps necessaris estan marcats amb *