Siete vidas

A principios de semana y con apenas un día de diferencia entre ambos, han visto la luz en sendos tabloides de tirada nacional dos minuciosos sondeos de intención de voto cuyos resultados, tan distintos el uno del otro, no parecen obtenidos escrutando a las mismas franjas de población. Yo, francamente, no sé por cuál inclinarme, si por el que relega a la bancada de la oposición en la Asamblea madrileña a los partidos de izquierdas, o al que hace lo propio con los de derechas. Aunque, en realidad, de lo que me interesa hoy hablar es de Esperanza Aguirre, verdadera protagonista de la noticia cuya dimisión de los cargos institucionales que venía ocupando hasta la fecha ha despertado en la opinión pública.

Yo soy de los que piensan que, por muchos años que le queden de vida a la exconcejal madrileña, sólo una sentencia en firme de inhabilitación para ejercer cargos públicos, o cualquiera otra causa por fuerza incapacitante, podría disuadirla en realidad de implicarse en un futuro más o menos próximo en una nueva y apasionante aventura institucional como las vividas por ella misma hasta la fecha. La condesa consorte de Bornos y de Murillo es un animal político como ha habido pocos en este país. Con todas sus virtudes, pero también con sus defectos, de los que hace gala con idéntica jactancia y satisfacción del trabajo bien hecho, ha llegado a ocupar cargos de enorme responsabilidad que bien le han valido durante años el merecido respeto de los suyos; hoy en horas tan bajas, que muy pocos en el partido le reconocen ahora los méritos que apreciaron antaño.

La última dimisión de Aguirre, como digo, parece haber influido sobremanera en los datos obtenidos con las encuestas de intención de voto encargadas por los rotativos a sendos gabinetes profesionales de reconocida solvencia en esas lides. Datos que, por la cuenta que les trae, han henchido de orgullo y satisfacción a los líderes de ambas facciones. Y es que, el que no se consuela es porque no quiere. Aunque a mí me preocupan más unos resultados insólitos que, en otro país que no fuese España, no se habrían dado ni de broma. Eso, en pocas palabras, indica que a nuestro país le importa muy poco lo que los políticos hagan o dejen de hacer con el dinero de todos. Si fuésemos nórdicos, o como mucho centroeuropeos, ya nos habríamos desecho de toda esa caterva de políticos corruptos que nos están dejando secos.

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