Sin porvenir?

Según el último informe Oxfam, y a pesar de innegables avances cuantitativos, como consecuencia de la crisis la desigualdad ha aumentado tanto a nivel mundial como europeo, español y también en nuestra comunidad. Señalo únicamente un dato muy relevante del citado informe: ocho personas suman tanto patrimonio como la mitad pobre del planeta. Es una evidencia del reparto desigual de la riqueza, pero lo más llamativo es que aumenta la vulnerabilidad en amplios segmentos de la población.

En España concretamente, ubicada entre los países más desiguales en renta de la Unión Europea, la desigualdad ha aumentado por abajo, los pobres son más pobres (renta, patrimonio, consumo) y con posibilidades casi nulas de salir del pozo. Al mismo tiempo se está produciendo una regresión real en las denominadas clases medias, que aun gozando de un puesto de trabajo viven en la inestabilidad, ya sea por su bajo salario como por el carácter temporal (o precario) de su ocupación. Además, especialmente la población joven, tienen que malvivir con la imposibilidad creciente de poder “gozar” de una relativa igualdad real de oportunidades de acceso a bienes inmateriales tales como una educación de calidad o de diseñar y poner en práctica un proyecto personal de vida. Tales realidades están confirmadas por un reciente informe del Banco de España: la renta mediana de los hogares en España se redujo un 18% durante la crisis, al pasar los 27.700 euros en 2008 a los 22.700 euros en 2014. Las caídas más acusadas las experimentaron los hogares más jóvenes de menos de 35 años (-22,5%), los asalariados (-8,3%), y de forma acusada los trabajadores por cuenta propia (-11,6%), e inactivos o parados (-11,3%). Y para más inri añado unos datos procedentes de la Agencia Tributaria referidos a nuestra comunidad: el 48,5% de los trabajadores tienen un salario inferior a mil euros al mes y en 2015 casi 150 mil trabajadores en nuestra comunidad tenían un salario inferior al salario mínimo interprofesional.

Dicho todo lo cual, ¿es inevitable un futuro sin porvenir? La crisis es de tal calado que no se resuelve con movimientos tácticos y alianzas estratégicas o con pequeños cambios en la fachada. Se han esfumado las certezas, la ciudadanía apenas tiene expectativas, la confianza brilla por su ausencia, las clases medias, sobre las que se basaba la cohesión social de las sociedades de posguerra, están dominadas por la inseguridad y, además, las nuevas generaciones parecen aceptar que están destinadas a vivir en peores condiciones que sus padres.

Sin embargo, se abre una ventana de oportunidad para repensar el progreso como concepto político, marcando el camino hacia la construcción de una sociedad, más justa y más solidaria. Pensar lo contrario sería es aceptar la ley de la selva, donde únicamente sobreviven los poderosos, donde la norma es “sálvese el que pueda”, y en su caso refugiarse en refugios (¡valga la redundancia!) con falsas salidas dominadas por el racismo, la intolerancia, el odio a los diferentes y las guerras cruentas (¡no cercanas!), cuyas víctimas colaterales nos son ajenas y molestas. Esta es la Europa que estamos “deconstruyendo”, y con el gran macho alfa Trump (¡irán apareciendo clones!) como gran líder.

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