Tercera República o Monarquía sin Catalunya (I)

Ya no nos cabe ninguna duda. Por fin se han roto las costuras de la camisa de fuerza que nos abrochamos cuando, entre sorprendidos por una muerte que no llegaba nunca y agarrotados por un miedo que nos daba vergüenza confesar, nos rendimos en 1982 y decidimos conceder todo el poder a los representantes más genuinos de nuestra propia cobardía, los que supieron capitalizar el susto más grande de la Primera Transición.

Gracias a esa decisión colectiva, España se convirtió en el único país del mundo moderno que no aplicó la justicia a los cómplices y colaboradores de la dictadura que, como Fraga desde su ministerio o el padre de Rajoy desde su Juzgado archivando la corrupción de Redondela, no sé si les suena, hicieron todo lo posible para conseguir que el crimen institucionalizado permaneciera vigente hasta que a la biología se le ocurrió dictar su veredicto final.

Ya no hay marcha atrás posible. Hemos conquistado una nueva cifra, cuarenta años seguidos en los que se ha podido escribir de todo con libertad, pero durante los que nunca hemos leído tantas veces palabras como “víctimas de la dictadura”, “memoria histórica” o “memoria”, a secas, que aquí significan lo mismo. O también “cunetas”, o “Federico García Lorca”, o “La Desbandá”, o “crímenes contra la humanidad”, y tantas otras reclamando la verdad.

O dos cadáveres asquerosos hoy mismo, ante el Tribunal Supremo, para recibir sentencia sobre su destino.

¿Coincidencia?: No. Hoy no es 14 de abril ni 2017 termina en 31. Pero nunca como ahora hemos leído y escuchado tantas veces la palabra “república”.

Y no son solo noticias. Cada vez más columnistas y tertulianos escriben y hablan sobre “aquello” pero, ¡oh, novedad!, muchos se atreven hoy, ayer no, a poner el nombre que corresponde a los hechos que ocurrieron, y su verdadera condición a quienes los protagonizaron.

Y nunca los herederos directos de Franco y sus secuaces, los del Partido Popular en el Gobierno, habían metido tantas veces la pata con la lengua, verbal e incómodo testigo de quien sabe que frustraciones ocultas. No tendría por qué auto contenerme, pero me niego a seguir imaginando. Lo cierto es que ha sido hace seis horas cuando ha vuelto a insultar a miles de inocentes fusilados pero abro las pantallas y nadie ha destituido aún a Rafael Hernando, aunque solo fuera por inoportuno. Ni ningún juez piadoso lo ha metido en la cárcel para salvarlo, de sí mismo, cada vez que se le acerca una hiena con el micrófono en las garras y una trampa en la sonrisa.

Nunca, ni unos ni otros, habían hablado tanto de nuestro pasado. Infinitamente más ahora que en los noventa, creo que fue por aquellos años, cuando a varios periódicos les dio por publicarlo a base de fascículos. Un intento comercial para vender como si fuera historia lo que seguía doliendo en los corazones y envenenado los sueños. Una iniciativa enciclopédica que no movió ni una sola voluntad a favor de la justicia y la verdad.

¿Qué nos pasó durante tantos años para que no sintiéramos la necesidad de enfrentarnos a nosotros mismos? Un congreso de psiquiatras no juntaría los suficientes para encontrar la respuesta. Entonces, ¿Qué es lo que nos ocurre ahora, que aún habiendo pasado mucho más tiempo no hay día que anochezca sin que los informativos de papel o de ruido hayan repetido palabras como las que tanto evocan?

No nos puede extrañar que sea Catalunya. Como no recordarlo. Por cada Paco Ibáñez de los que cantaban en castellano contra la dictadura brotaban tres como Llach, Raimon o Quico Pi de la Serra que daban la cara en catalán.

Antes de seguir escribiendo abro de nuevo la pantalla. Busco por todos sus rincones para encontrar, desesperado, la noticia de que Felipe VI ha decidido abdicar. Que como nadie se reúne de verdad con nadie, se retira. Que no nos queda más remedio que montar una república europea, como las demás mediterráneas, porque ha advertido a toda su familia, incluida Cristina, que si alguno de ellos pretende ser rey o reina de España, él mismo se pondrá en medio para impedirlo con todas sus fuerzas. Que se ha roto para siempre la vieja camisa de fuerza y hay que cambiarla por otra.

Que se ha hecho mayor y se ha dado cuenta de que todos los políticos que le rodean son unos mierdas, porque ninguno se atreve a convencer con palabras a los catalanes para que no dibujen una nueva frontera, ni tampoco a aceptar su libertad si deciden trazarla. Se equivoquen o no, porque ya son mayores.

Que se va definitivamente, porque comienza a pensar que quizás su trono podría estar siendo un obstáculo, pero sí ha llegado a la convicción de que, si lo quema, su valentía y sacrificio serán tan grandes que podrían ser la solución del problema.

Y que quiere aprovechar la única oportunidad de su vida para pasar a la historia por algo que merezca la pena.

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