To be or not to be

Prácticamente nunca –por no decir nunca- resulta ser demasiado tarde para reconocer humildemente nuestros errores. Lástima, sin embargo, que no sea el propio Federico Trillo-Figueroa, por aquel entonces parte importante del ejecutivo de José María Aznar, quien entone finalmente el mea culpa por su nefasta gestión en el accidente del Yakovlev siniestrado en mayo de 2003, con treinta y tres militares españoles a bordo, en lugar de permitir que la ingrata responsabilidad de sacarle las castañas del fuego recaiga en otro miembro de su partido.

Desconozco el porqué, pero a la señora María Dolores de Cospedal parece que siempre le toca lidiar con aquellos marrones que no desea resolver nadie. Que yo sepa no existe, en las filas populares, gerifalte con tanta mala suerte como aquella. Sin duda recordarán qué sucedió con el despido en diferido de Bárcenas, para lo cual Cospedal se sacó de la manga una excusa de lo más rocambolesca intentando justificar el descuadre de fechas que, por otra parte me temo, no pareció convencerla ni a ella misma. Aquel desliz resultó ser una auténtica debacle institucional en toda regla, comparable si acaso con la penosa gestión del siniestro que se llevó a cabo en el naufragio del petrolero Prestige, con Álvarez Cascos como titular entonces de la cartera de Fomento y máximo responsable de la catástrofe medioambiental generada más tarde a resultas de tamaño desatino.

Conscientes finalmente sus amigos populares, de que la cuenta pendiente con los señores deudos de aquellos valientes que perdieron la vida en las cumbres turcas sigue sin estar saldada, la vigente ministra de defensa parece decidida por completo a reparar en la medida de sus posibilidades aquella dolorosa y grave ofensa. De hecho, se ha puesto ya fecha para su comparecencia en la Cámara Baja, donde sus adversarios políticos no dudarán en poner a la ministra de defensa en un brete en cuanto se descuide. Confío en que se lleve bien preparada de casa su intervención, aunque ni aun así quede asegurado que nos libre de ser testigos de un bochornoso espectáculo, tal y como nos tiene acostumbrados la señora de López del Hierro. Aunque por una vez, sólo por una vez, en memoria si cabe de aquellos fallecidos en acto de servicio, deseo fervientemente que no sea así.

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