Tongo

Alejandro Fernández era, a sus 18 años, un estudiante de FP de los Salesianos, sin antecedentes penales o delictivos, que un buen día entró en un supermercado de Málaga, compró unas cuantas bebidas alcohólicas para sus amigos y un batido de chocolate para él mismo, y pagó el importe de la factura, 79,20 euros, con una tarjeta falsificada. Hasta la semana pasada, ya con 24 años, su vida transcurría entre su trabajo en un empleo estable, donde gozaba de la absoluta confianza de sus empleadores, y la convivencia con su pareja sentimental, también dentro de una relación estable. Esta semana, sin embargo, está ingresado en la prisión de Albolote, Granada, en cumplimiento de la pena impuesta por el delito que cometiera a los 18. La condena, seis años. Prácticamente la misma que le han impuesto a Urdangarín, salvo que, a menos que el Tribunal Supremo revoqué la sentencia de la Audiencia de Palma, el cumplimiento de su sentencia sólo le acarreará la molestia de presentarse una vez al mes a un juzgado de Ginebra, donde disfruta de un exilio dorado. Decían los griegos, y con razón, que la justicia es como una tela de araña, que atrapa a los mosquitos pero que es incapaz de contener a animales de mayor tamaño.

Hace apenas tres o cuatro navidades, nuestro playboy más internacional, otrora jefe de la casa real y a la vez jefe del Estado, nos deslumbró con su cinismo al afirmar en su plúmbeo y manido mensaje navideño que la justicia es igual para todos. Y a la vista está: los casos de Iñaki Urdangarín y Alejandro Fernández lo atestiguan. Por no insistir en los indultos del Gobierno.

No había escrito hasta ahora sobre el caso Nóos porque desde el principio me imaginé que habría tongo. Un régimen tan podrido como el que surgió con la Constitución del 78 no podía permitirse el ingreso en prisión de algunos miembros de la familia real, pero es de esperar que, a no muy largo plazo, esta burla de la justicia traiga sus consecuencias. De entrada, con la sentencia del caso el supuesto tercer poder ha incrementado exponencialmente su falta de credibilidad, con lo que el barro en que se sostiene nuestra cuestionable democracia no deja de licuarse.

Un comentari a “Tongo

  1. No tengo palabras para expresar el nivel de indignación que siento con las injusticias que se cometen con los débiles frente al trato privilegiado que reciben los más poderosos; el caso del joven Alejandro Fernández que relatas, al igual que el del cantante Baltonic, son solo la punta del Iceberg de un sistema político corrupto y de un poder judicial en unos casos cómplice, en otros ausente o manipulado por el poder político.
    No sé hasta que punto la mayoría de ciudadanos vamos a soportar tanta “mierda”, con perdón, pero como se suele decir “el vaso está casi lleno” .

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