Toros “a la balear”

Repaso los diarios en busca de una noticia de interés y me encuentro con la proposición de ley presentada el jueves por el PSIB, Podemos y los Més de Mallorca y Menorca para la regulación de las corridas de toro en Baleares. Se propone que no se hiera o se mate a los toros, que no se utilicen caballos de rejoneo, que se prohíba la venta de alcohol y se restrinja la entrada a menores de 18 años. Se les olvidó los puros, siempre tan molestos. Por último, los festejos taurinos podrían contar con un número máximo de seis toros que estarían en la arena un máximo de diez minutos, lo que obligaría a los toreros a una faena de aliño en el mejor de los casos, a una ejaculatio precoce en la ejecución del arte de Curro Cúchares con la que el toro quedaría encantado. Toros “a la balear”, concluyeron los ponentes tan ufanos, inconscientes de las ridículas implicaciones de la etiqueta.

Entiendo que, puesto que una comunidad autónoma no tiene esa prerrogativa, esto es una forma sibilina, y un tanto pánfila, de acabar con la fiesta: desnaturalizarla tanto que pierda su sentido y su atractivo. Es como si vas a un restaurante, pides unos huevos fritos con patatas y chorizo y el camarero, en atención a tus niveles de colesterol, te planta delante unos huevos sin yemas, unas patatitas hervidas y unas rodajitas de remolacha. Para no volver.

Cierto es que en algún momento habrá que finiquitar esa mezcla de arte, barbarie, crueldad y sadismo que se da en el toreo, por muy telúrica y ancestral que sea la fiesta, y que su posible supervivencia va a depender, en buena medida, de su capacidad de adaptación a los criterios morales y estéticos de nuestro tiempo, cosa que, de un modo u otro, ya viene sucediendo desde los tiempos en que Goya inmortalizara el salto de la garrocha de Pepe Hillo. Eliminar en lo posible el sufrimiento de los animales es muy loable, y acabar con nuestras bárbaras costumbres aún más, pero el problema de la fiesta de los toros no se solucionará con parches autonómicos.

Lo que realmente tiene a la otrora fiesta nacional contra las cuerdas es, cómo no, la cuestión económica. Poner un buen toro de lidia en una plaza cuenta unos 6.000 euros, que multiplicado por seis más los sobreros supone un pico. Los maestros y sus cuadrillas, toda una troupe, suponen otro. Y el desinterés o el rechazo de las nuevas generaciones hacen que el aforo de las fiestas sea cada vez más reducido, lo que repercute en el alza del precio de la entrada. Como negocio es insostenible, lo que aboca a la fiesta a su muerte natural. Una buena ley nacional que la dote con un nuevo reglamento sería la estocada definitiva, su puntilla. Al menos, del toreo que ahora conocemos.

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