Trump y las mariposas

Andábamos los humanos tan entretenidos jugando a como era posible que el batir de las alas de un lepidóptero en un punto del planeta pudiera provocar un temporal en sus antípodas, cuando llega un millonario, elegido por el uno por ciento de los más desquiciados de todos nosotros, y decide romper la baraja fusilando mariposas contra los paredones e implantando un huracán de amenazas a la velocidad de ciento cuarenta caracteres por segundo.

En el supuesto de que tras unas cuantas semanas como la última siga amaneciendo, imagino que el próximo mes de septiembre regresará el ejército anual de bellas monarcas de oriente migrando desde Canadá hacia los bosques de pinos y oyameles de México. De repente, encontrarán un muro donde antes había cielo y libertad y regresarán, todas, enfadadas y en formación militar, a pedir explicaciones al nuevo habitante de la Casa Blanca.

Al llegar entrarán nocturnas por la ventana de su dormitorio eligiendo el sueño de una resaca tras la borrachera de crueldades firmadas unas horas antes. Levantarán sus sábanas, atravesarán su pijama con tacto mínimo e invadirán suaves hasta el rincón más pequeño y oculto del cuerpo del gran Donald, tapizándolo de colores como si fuera uno cualquiera de los árboles que cada año adornan para nuestra felicidad. Entonces, todas de acuerdo y en el mismo instante descargarán millones de cosquillas, le obligarán a sacar bandera blanca y de nuevo conseguirán que triunfe la vida sobre La Tierra.

Todo lo anterior, una ilusión y un deseo dedicados al encuentro fortuito con un antiguo compañero de movidas. Fue en el bar de Teresa, uno que está al principio de la cuesta que sube larga y casi desde el mar donde flota el puerto de Palma. Gracias por la invitación.

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