¿Un error de Dios?

Esa es la cuestión. Con lo mal que está el mundo y ¡hala! que se va la gente. Quiere pirarse en masa por cuenta propia y huir del faraón, sus plagas y ladrillos, atravesando eremita el desierto con un país a cuestas. No es que sean unos euro-beatos, ¡qué va! Incrédulos sí, han perdido la fe y piensan –Sr. Rajoy- que donde no hay salvación, ni por asomo, es acá.

Pues, esta gobernanza, que se merendó la visa, no tiene más luces políticas que dar de comer a la tijera.

¿La culpa? Pues, de esas benditas y doradas braguetas de toda la vida que – por la gracia de Dios y de su privativa lista en tinta sobre papel sellado- se agencian el reino de España -ésta pa-ti y ésta pa-mí- amancebando mantel y cama.

Aquí llevamos un porrón de años borrando con el codo lo que en Europa se escribió con buena mano.

Aquí nos atragantamos, todos los días en el telediario, al intentar interpretar en esa peculiar logomaquia de gobierno ¿a qué le llaman mejorar? Pues, aquí ya no hay pan, son tortas sin trabajo; viene triste la navidad, mangada la extra y sin reparo la maltrecha pensión; cierra la pequeña empresa con balance de mal a peor, tirando a pésimo. Aquí, en la dichosa “marca”, donde antaño no había poniente, estamos sin una puñetera rayita de sol.

Es por eso que el mundo de afuera -aunque ancho, ajeno y enemigo del alma- aparece tentador y como paño de enjuague lacrimoso, que así lo confiesa el rey en un suspiro espontáneo, emulando a Boabdil. Sin embargo, eso no es solución. Tampoco es remedio andar con “cuchillo entre dientes, afilando una sonrisa”. Eso no sirve “pa na”, cría pupa en la comisura y asín te trincan por maleante. “Oh, patientia nostra” diría Cicerón en una de sus jeremiadas ¿Pero, ande vas Alfonso XIII? traduciría Forges en su rica sabiduría.

Pues ésta es –sí señor- en esta oscura noche sin luz, la verdadera cuestión. ¿A dónde vamos, Mariano?

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