Un monstruo, presidente, viene a vernos

¿Pero, qué pasó? Para que Trump, una especie de King-Kong albino, enorme magnate con propia torre, vociferante leñador del establishment actual, se halla hecho con todas las prerrogativas de la presidencia, el congreso y el senado de EE. UU.

¡Locura! Dice la calle. Algo así, como si de la noche a la mañana, con la anuencia del Pentágono, al imperio se le quemase el pollo en el horno. Improbable, cuando menos.

¡Populismo! Sentencian, oráculos profesionales. Ese mantra que consiste esencialmente en catalogar de vigas las pajitas ajenas en el ojo del adversario, para ocultar impúdicamente el propio glaucoma que ciega la posibilidad a toda realidad. Una cansina canción de este verano.

¡Castigo! Al fraude, sistémico y sistemático, piensan otros. Y algo de verdad pueda haber en eso, cuando se incumplen invariablemente todas las promesas, se queman persistentemente todas las expectativas, se limitan a “lo malo” y “lo peor” las opciones. Cuando el “yes we can” no solo se hace increíble cómo cambio, sino que acaba en un triste cul de sac y las únicas opciones son más de lo mismo o romper la baraja y cartas nuevas…, y sí, en una situación de frontera, como en el “far west”, se termina por eso mismo: por romper las sillas del “saloon” sobre las cabezas, los unos contra los otros.

¡Suicido colectivo! La delirante determinación de una dudosa mayoría entre el 99% empobrecido que sale en estampida gritando “así no se puede vivir, qué más da quien gobierne, con tal de recuperar algo del pasado”. Una terrible tentación, sobre todo en un país en el que los duelos heroicos son un espectáculo a pleno sol y en la calle mayor ¿Cuestión de ADN? No. Tampoco, Destino Manifiesto. Ideología obsoleta.

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