Un país para todos

Desde un punto de vista aséptico no se puede entender a quienes se alegran de una fractura como la que se ha producido en el seno de la sociedad catalana, pero es lo que hay. No deseo discutir sobre un aspecto tan sibilino sobre si hay que hacer caso al número de escaños independentistas o por el contrario lo importante son los votos no favorables a la independencia. Los resultados de las votaciones indican algo que se puede constatar sin demasiado esfuerzo: todos hemos perdido y así lo reconoce implícitamente hasta la formación radical CUP. La realidad presenta un escenario bipolar prácticamente repartido al cincuenta por ciento que no vale para exigir la independencia, pero tampoco para quienes niegan el pan y la sal a las tesis independentistas.

Personalmente los resultados no me han sorprendido, no sólo porque las encuestas hubieran anticipado con más o menos errores los resultados, sino por la presión propagandística ejercida por parte del Govern de la Generalitat, a la que han contribuido durante años populares y socialistas dando alas –poder y dinero, mucho dinero– a cambio de interesados apoyos puntuales. Y a la falta de sentido de Estado de Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, dos presidentes que pasarán a la Historia no por algo positivo precisamente, sino acaso por todo lo contrario. No es tiempo, sin embargo, de lamentaciones y sí de buscar soluciones que pasan por mirar hacia delante y no caer como tantas veces en el error de anteponer los intereses particulares a los generales, aunque va a ser harto difícil conseguirlo.

En las escuelas de negocios suele decirse que hay que hacer el esfuerzo en convertir las dificultades en oportunidades y aunque no es fácil, en este caso resulta necesario. Es complicado reconstruir un edificio cuando amenaza ruina, pero no imposible, y no me refiero sólo a Cataluña. Las próximas elecciones generales representarán una oportunidad única para tender puentes de diálogo en lugar de confrontación, pero para ello hará falta una enorme dosis de voluntad política y sobre todo generosidad por parte de todos los contendientes.

De momento las posiciones siguen enrocadas y sólo se observa a un líder que sea capaz de apelar sin tabús al diálogo abierto y éste no es Mariano Rajoy. Sus ofertas al diálogo siempre dentro de la ley no son creíbles desde el momento en que las leyes dependen de una mayoría absoluta que está dilapidando y nada hace por mejorarlas. Sólo Albert Rivera ha sido capaz de invocar un entendimiento sin exclusiones ni apriorismos, y, en definitiva, un proyecto de país en el quepamos todos. Sólo el tiempo dirá si es capaz de conseguirlo.

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