Ver, juzgar y actuar

El título de estas líneas es un slogan que me enseñaron a practicar en mis años mozos. Y suele funcionar. Hoy pretendo aplicarlo a nuestra exitosa realidad turística, que “puede morir de éxito”, tal como afirma Gabriel Escarrer Jaume, vicepresidente y consejero delegado de Meliá Hotels Internacionals.

“Ver, juzgar y actuar” significa reforzar nuestros puntos fuertes y contrapesar nuestras debilidades Nuestras principales fortalezas siguen siendo el clima, la naturaleza y el medio ambiente, la seguridad, la facilidad de las conexiones aéreas y la adecuada relación precio-calidad especialmente en la planta hotelera.  Nuestro producto turístico sigue vivo y coleando, especialmente en el producto vacacional de temporada alta. Pero a su vez también corremos determinados riesgos. Nuestro mayor riesgo es el carácter marcadamente estacional de nuestra actividad turística, a pesar de haber prolongado la temporada alta.

En primer lugar, la estacionalidad implica entre otras consecuencias, un mercado de trabajo fundamentalmente temporal y por tanto inactivo como mínimo en temporada baja y media/baja, aunque haya mejorado la contratación y se haya alargado la temporada y por ende el número de fijos discontinuos. Las últimas temporadas turísticas han sido un éxito en número de visitantes y ha mejorado la rentabilidad económica, pero sigue vigente la escasa  rentabilidad social de la actividad turística, definida en términos de creación de puestos de trabajo estables y de calidad, redistribución de la riqueza y, en consecuencia, generación de bienestar para la ciudadanía.

En segundo lugar, la actividad turística representa en torno al 50% de nuestro PIB, lo cual no es un mal dato si no fuera porque tal actividad intensiva está concentrada en un máximo de siete meses ¿Puede todo un sector productivo tener “paradas” gran parte de sus factorías cuatro o cinco meses cada año? A pesar de que el objetivo pueda ser prolongar la temporada turística, la tarea de desestacionalizar la actividad económica sigue siendo un reto ineludible. Empieza a coger carta de ciudadanía la necesidad de buscar y encontrar otras actividades económicas no relacionadas directamente (aunque puede que sí indirectamente) con el turismo convencional.

En tercer lugar, una “concentración” de turistas en “fechas punta”, conlleva un uso absolutamente insostenible de nuestro territorio y áreas naturales, de nuestros recursos (agua), infraestructuras (carreteras), equipamientos (depuradoras, desaladoras) y una larga retahíla de servicios públicos y privados en los escasos meses de plena ocupación. Sorprende (o no) que algunos propongan como “solución” para acoger más visitantes en plena temporada la creación de nuevas infraestructuras y equipamientos, sin considerar que el resto del año su uso es mínimo o nulo, lo que implica unos elevados costes de mantenimiento que recaen en la población autóctona. A su vez, la excesiva concentración de visitantes y turistas en los meses de julio y agosto provoca entre nuestros clientes una percepción de masificación en determinadas carreteras, espacios naturales y/o playas.  Índices de concentración que van en aumento en parte (aunque no sólo) por la presencia muy relevante de viviendas de uso turístico en régimen de alquiler sin ningún tipo de regulación (el Conseller anunció en la WTM que el proyecto de regulación estará redactado en fechas próximas).

Tenemos materia prima, en capital humano y en recursos de diversa índole, para consolidar nuestra actividad turística con criterios de sostenibilidad. Pero ¿estamos por la labor? Ver, juzgar y actuar.

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