Vergonzoso Occidente

Estos meses de julio y agosto están resultando especialmente duros, y no nos referimos a que haga más o menos calor. Hablamos del continuo asalto que se está produciendo a nuestra sensibilidad, por los numerosos y continuados estallidos de violencia y desgracia que se han venido produciendo.

El ataque a la población civil de Gaza, sin precedentes, sirvió como despertador de aletargados, en pleno periodo vacacional. Nunca antes se había asistido con tanta crudeza al visionado de crímenes de lesa humanidad, ni a la patética reacción, pusilánime, de la UE y Naciones Unidas ante lo que se estaba produciendo en un puñado de kilómetros cuadrados: escuelas de la ONU, refugios, mercados…todo bombardeado a conciencia y sin sanción alguna. Otra batalla campal, otro conflicto enquistado sin solución, otra hipocresía occidental, otra pobreza de espíritu de dirigentes internacionales incapaces.

Posteriormente, la prensa internacional ha hecho hueco, debido a la ausencia de noticias o por las vacaciones de los directores de diarios y televisiones (que dejan espacio real a los periodistas de oficio), a otro brote africano más, a otra enfermedad de pobres, el temido ébola. Recuerdo al principio que lo que realmente llamaba la atención era que la enfermedad hubiera podido surgir de la masiva ingesta de murciélagos. No cabe ser más simple o corto de miras. Cientos de personas enfermaban y lo relevante era que ingerían ratas voladoras. Y mientras tanto, Occidente enviaba migajas hacia el sur, con una displicencia vomitiva: algunas medicinas, alguna persona…y a alertaba a sus ciudadanos sobre la inconveniencia de acercarse demasiado. No hay negocio posible, no hay interés. No comprarán armas, se levantan vallas más altas y problema solucionado…

Sin embargo, cuando meses después del inicio del brote (denunciado a gritos por las organizaciones internacionales) el número de contagios aumenta, el miedo del bwana, del tubab, aparece y la OMS empieza a reaccionar…tímidamente….volviendo a mandar limosnas. Y es entonces cuando enferman dos americanos y un cura español. A partir de ese momento, casualmente, aparece un fármaco milagroso, un bálsamo de fierabrás, tras el que se esconde, obviamente, una farmacéutica. Jugada perfecta, se contagian unos occidentales y aparece el negocio.

A partir de este momento, se dispara el despropósito. Lo importante es aplicar una vacuna, el bálsamo quijotesco…en lugar de reforzar los sistemas de salud de guinea, Sierra Leona, Nigeria…detener el contagio, con algo tan simple y tan complicado como aislar a las personas enfermas. Pero los grandes intelectos internacionales empiezan a demandar el antídoto (sin que se conozcan sus efectos reales a día de hoy) con el consiguiente regocijo de los de siempre. ¿Para qué destinar ese dinero a África, si allí sólo hay enfermos? ¿Para qué vamos a reforzar la barata atención primaria? Y lo peor de todo…¡¡¡háganlo ya!!!

Pensaríamos que todo queda aquí, pero eso sería pedir demasiado. Se abre el debate sobre el traslado del religioso. ¿Podría ser más irracional el ser humano? Una periodista espabilada pregunta quién paga el traslado (relevante…me parece que cualquier profesor de periodismo se tiraría de los pelos) a la responsable del ministerio, quien espeta “se le pasará una parte de los gastos a la orden religiosa, pues lo solicitó”…¿Cómo? ¿No es responsable el Estado de sus nacionales? Y sin embargo, no se pregunta con la misma intensidad por qué se ha dejado allí a dos personas contagiadas. El ejército entra en el hospital, se lleva a dos personas y deja otras dos… eurocentrismo elevado a la enésima potencia. Dos personas, al igual que los dos religiosos, que deberían merecerle a la ministra Mato el mayor de los respetos, especialmente por hacer lo que ella no hace: cuidar la salud de aquellas personas que están bajo su responsabilidad.

Posteriormente aparecen una serie de personas, atacando el trabajo de este hombre, cobardes twits que ponen la carne de gallina, incluso a un ateo convencido como yo, sin riesgo de ser tachado de pío…Desde un smartphone no es éticamente moral juzgar a quienes la han palmado por estar a pie de terreno. Indigna, pero es irrelevante, otra vez por la poca perspectiva y el gatillo fácil de la red.

Finalmente, esta semana vuelven a acercarse a nosotros/as cientos de personas africanas, en botes salvavidas de juguete. Y otra vez a hablar de avalanchas, una vez más a poner más vigilantes, más albañiles que hagan más altos los muros. Si con el padre Pajares fue la izquierda quien atacó el sentido común, ahora la rancia derecha habla de “avalancha”, “invasión” y ”Marruecos nos engaña”. Qué vergüenza.

Vergüenza de tener los ministros que tenemos, vergüenza de mi cultura eurocentrista, vergüenza por ser humano. Es imposible que nadie pueda, por un momento, unir toda esta información y determinar que tanta inversión en vacunas falsas, en muros inútiles y en patrulleras insolentes no sería necesaria si una pequeña parte de este capital se destinara a desarrollo en salud, en condiciones de habitabilidad aceptables, en género humano.

Un apunte, final, para la estrategia. Quizá si a los píos ministros/as de Interior, Justicia y Sanidad les vendiéramos la historia de Princess (12/08 en El País) como una nueva avenida de un Moisés (en femenino) bíblico, recapacitarían y corregirían sus políticas, pasarían a ver a las personas extranjeras no como adversarios, sino como “personas”. Con esto me acabo de dar cuenta que el sol de agosto es peligrosísimo y mi corto cerebro no realiza conexiones neuronales como debiera…pero qué bien hubiera quedado…y ¡¡¡qué utópicos y tontos nos ponemos a veces!!!

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