VII Congreso Estatal de Educación Social

Ha transcurrido ya casi una semana desde que concluyese el último Congreso Estatal de Educación Social, y todavía me conmuevo al recordar de qué manera recibió Marco Marchioni la excepcional demostración de afecto que le brindaron los asistentes al acto al que había sido especialmente invitado por el CGCEES.

Para los que no le conozcan todavía, diré que Marchioni es un gran experto en el campo de la intervención comunitaria y la participación ciudadana, y sin duda alguna el referente ineludible para todos aquellos profesiones en el campo de lo social. Italiano de ascendencia, como su nombre no deja lugar a dudas,  Marco es un investigador cuya vida profesional, sin embargo, se ha desarrollado en su mayor parte en España. La vigencia de sus libros no puede ser más actual, pues éstos siguen formando parte de la bibliografía básica de las nuevas generaciones de estudiantes universitarios, pero son sus charlas y conferencias las que verdaderamente terminan por atrapar a todos aquellos que se incorporan finalmente a la profesión de Educador Social.

En una mañana de lo más apacible, en la que Sevilla se despertó todavía más cálida y radiante que de costumbre, nadie podía prever lo que sucedería poco antes del mediodía. La jornada comenzó, como había sucedido ya en los días precedentes, con un diálogo abierto pero centrado en esta ocasión en la evolución de las organizaciones y redes que agrupan a los educadores colegiados de las diferentes provincias adscritas al Consejo General de Colegios y al resto de asociaciones profesionales, y se alargó hasta la pausa para el café.

Ocurrió tras el receso, frente a un auditorio expectante por la presencia en el escenario del italiano, y después de que la coordinadora del acto nos presentase al invitado sin escatimar los elogios a la formidable labor desarrollada por éste durante tantos años en pos de la justicia social y del bienestar de todos los ciudadanos, pero en especial de los más vulnerables, cuando el hemiciclo estalló por fin en fuertes aplausos. Fue entonces que pudimos ver a un Marchioni emocionado, pero a la vez feliz, por el reconocimiento que las viejas y nuevas generaciones de educadores sociales le estaban brindando a su más de medio siglo de profesión.

Las opiniones acerca de las jornadas, que pude ir sondeando entre los asistentes durante los tres días que duró el congreso, resultan demasiado dispares y nada concretas como para intentar resumirlas en un solo párrafo, pero aun así creo que ya he dado a entender subrepticiamente el resultado final relegando la referencia a ellas a las últimas líneas de este artículo. Aun así, estoy convencido de que los educadores asistentes a este séptimo congreso, tanto de las mesas de confluencia como de los espacios de reflexión, así como de la convivencia en común experimentada, nos hemos llevado muchísimas cosas buenas en cuanto a conocimiento; si bien ninguna de ellas podrá relegar, mucho me temo, a un segundo plano el momento en que Marco se enjuga las lágrimas y hace un esfuerzo para no acabar derrumbándose encima del escenario.

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