Y dijimos “está bien”

“Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico, para quién lo desconozca. Tal frase viene a cuento ante el espectáculo, delito mejor dicho, con el cual nos obsequiaron unos jóvenes personajes el domingo pasado en la parroquia de San Miguel de Palma. Su intromisión, en plena ceremonia de culto, tuvo el mérito de interrumpir el acto religioso, siendo, al unísono grabado seguramente con uno de los muchos móviles que se pueden contemplar en las imágenes. Tal tipo de conductas no son en nada novedosas, ni los cánticos tampoco. Desde la demostración de tetas de las Femen en Madrid, hasta el intento de quemar la iglesia de Santa Marina en Sevilla, la estrategia surge por todos lados. Gritos, slogans y pancartas, con tetas o sin ellas, pretenden imponer su fanatismo ideológico, dando por supuesto que es la Iglesia católica la que legisla sobre el aborto, y ha impulsado una reforma legal que elimina el derecho a abortar de Rodríguez Zapatero, para fijar unos supuestos específicos y regulados en sus modos y formas. Son unos personajes que, aún no teniendo conciencia de ello, siguen al pie de la letra la afirmación del humorista Jaume Perich, al definir que “un fanático es un individuo que tiene razón aunque no tenga razón”.

Y si del hecho en sí mismo ya llama la atención la preparación de su ejecución, el lugar y el momento, también lo llama la grabación e inmediata publicidad de la misma. Una grabación que demuestra varios aspectos: en primer lugar que si alguien gritó, empujó, violentó, no fueron los pobres y espantados feligreses que, a duras penas, y más asustados que valientes, lograron el desalojo con medias palabras y tenues empellones. En segundo lugar, referirse a agresiones, violencias o insultos por parte de los “creyentes”, es faltar a la más absoluta verdad. Esos “creyentes” eran hombres y mujeres de más que de media edad, atemorizados ante los “bravos invasores” de un acto de culto, perfectamente legal y legítimo, que a duras penas fueron tranquilizados por el sacerdote jesuita oficiante.

Expresar el apoyo, mediante su visualización pública o mediante el silencio, a tal tipo de comportamientos, es permitir que el fanatismo campe por sus respetos. Siempre me ha causado asombro el radicalismo que se da en el tema del aborto, y no me resulta difícil llegar a la misma conclusión que W. Churchill – político inglés durante la II Guerra Mundial – que fijaba que “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”. Y los pro abortistas son un magnífico ejemplo práctico de tal definición. Parece como si la vida, su vida, les fuese en el empeño, en la defensa de un pretendido derecho, y, erre que erre, siguen machacando con el tema, sin querer ni poder cambiar ni de posición ni de argumentos. Y para defender esa “su” razón y para exponer esos “sus” argumentos, precisan de gritos, pancartas, invasiones y provocaciones, cual la de San Miguel o la del hace años en Argentina insultando hasta la saciedad a unos jóvenes que les impedían la invasión y ocupación de una parroquia católica. Hasta aquí Bacon no andaba desacertado; no quieren pensar que existen ideas y opiniones diferentes, no pueden pensar que haya otros modos y maneras de argumentar las propias, y, llegados a este extremo solamente resta saber si podemos confirmar la idoneidad de la tercera parte de la afirmación del filósofo inglés; mantenerse impasible, no pensar, no actuar, ante los acontecimientos.

Escasas, por no decir casi nulas, han sido las réplicas, las recriminaciones o las denuncias del hecho acaecido en la parroquia palmesana. Alguna referencia al art. 523 del C. Penal, a instar la actuación de Fiscalía, y poco más. Algún intrépido “llanero solitario”, que pronto recibirá la pertinente respuesta por parte de la progresía literaria o de algún colectivo ad hoc. Y nada más. Hemos llegados al punto de “no pensar” a que aludía Bacon, para no agitar más las aguas, para que escampe, para que se aquieten los ánimos. Ni tan siquiera el anuncio de futuras actuaciones similares hasta el logro de sus fines, ha producido un leve gesto ni en los propietarios de la “casa” ni en los adalides de la Ley. Silencio y quietud. Es el signo de nuestro tiempo, no remover para no molestar. No reclamar, para no provocar. No pensar, para no discutir. Alguien dijo que dejásemos abortar a las chicas, incluso sin conocimiento de sus padres, y dijimos “está bien”. Alguien dijo que la exigencia en los hijos les traumatiza, y dijimos “está bien”; alguien dijo que la vida privada de los políticos no es preocupante, y dijimos “está bien”; alguien dijo que el profesor es un simple colega, no un educador, y dijimos “está bien”. Y ahora parece llegado el momento de repetir ese “está bien” para con una parte de la juventud que no sabe distinguir entre el bien y el mal, que no sabe qué es el respeto a las ideas y creencias ajenas, que se permite juzgar e imponer sus ideas a grito, con pancartas insultantes o, lo que es peor, a golpe de delito. La duda radica en si alguien, con la ley y la razón personal en la mano, se atreverá a pensar, a actuar, a fin de evitar que el fanatismo dé ese paso que, según el ilustrado radical Denis Diderot, nos aproxima a la barbarie.

0 comentaris a “Y dijimos “está bien”

  1. Bon artícle Senyor Gilet. Sempre hi ha que respectar les idees dels demé, encara que no sien les nostres.

    Molt be.

    Faust

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